Como pez en el agua.
Desde que era pequeña, siempre me ha
costado mantener el equilibrio durante un tiempo, demasiado corto quizás. Y ya
no tiene que ver con mis escasas habilidades físicas, o por mi torpeza
habitual, la que viene acompañada de algún que otro moratón.
La vida es eso, un continuo equilibrio. Hay
quienes la llevan mejor, a otros no se les da tan bien, y el resto, que no la
lleva directamente; yo prefiero decir que han preferido quedarse sentados, o no
han tenido la suficiente fuerza para mantenerse rectos cada momento que vivan.
Algo que todos tenemos en común es que
nunca podemos mantenernos rectos del todo, llega un instante en el que te
tambaleas, pero sigues en pie. Hay otros días en los que una simple brisa puede
llegar hacerte cambiar de posición, incluso tirarte al suelo; y sin embargo,
una mañana despiertas y piensas que ni el huracán más fuerte que azotase el
mundo entero se atrevería a moverte un pelo. Yo soy de las que, normalmente,
dejo que el destino haga su trabajo, como ya dije antes, me cuesta concentrarme
en un punto fijo. Podría hacer una larga lista,una simple mirada me produce escalofríos o
cuando una cámara se acerca para capturarme, me convierto en el ser más inquieto.
Y como todos, muchas veces he caído, me he tirado o por el contrario, me han
dado un empujón que me hace caer de bruces, la manera más dolorosa de caer,
para mi entender. Y es ahí cuando decides quedarte acurrucada en el suelo, sin
afrontarse a las noches, ni a los
rostros, ni siquiera a ti misma.
La vida es eso, un continuo equilibrio. Hay
quienes la llevan mejor, a otros no se les da tan bien, y el resto, que no la
lleva directamente; yo prefiero decir que han preferido quedarse sentados, o no
han tenido la suficiente fuerza para mantenerse rectos cada momento que vivan.
Algo que todos tenemos en común es que
nunca podemos mantenernos rectos del todo, llega un instante en el que te
tambaleas, pero sigues en pie. Hay otros días en los que una simple brisa puede
llegar hacerte cambiar de posición, incluso tirarte al suelo; y sin embargo,
una mañana despiertas y piensas que ni el huracán más fuerte que azotase el
mundo entero se atrevería a moverte un pelo. Yo soy de las que, normalmente,
dejo que el destino haga su trabajo, como ya dije antes, me cuesta concentrarme
en un punto fijo. Podría hacer una larga lista,una simple mirada me produce escalofríos o
cuando una cámara se acerca para capturarme, me convierto en el ser más inquieto.
Y como todos, muchas veces he caído, me he tirado o por el contrario, me han
dado un empujón que me hace caer de bruces, la manera más dolorosa de caer,
para mi entender. Y es ahí cuando decides quedarte acurrucada en el suelo, sin
afrontarse a las noches, ni a los
rostros, ni siquiera a ti misma.
Supongo que es cuando menos te lo esperas,
pero siempre llega otra persona que te
tiende su mano, corriendo el riesgo de tambalearse también. Y cuando decides
aceptar su ayuda y ofrecerle tu mano, tu cuerpo parece que se eleva, y ya no
estás en equilibrio, ni siquiera cuesta mantenerse cada día, se atribuye el derecho de que creas que la simple idea de tener miedo a caer sea un simple juego de niños fácil de vencer. Y es
eso, el amor que me das, el que me hace mantenerme sin esfuerzo cada semana,
cada mes…no hay nada mejor que agarrarme de tu mano cada vez que la tormenta se
avecine, porque sé que nunca caeremos.
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